DECÁLOGO DEL CONDUCTOR ESTRATÉGICO DEL SIGLO XXI

EL CAMBIO: LA ÚNICA CONSTANTE DE LA HISTORIA

“Nada es permanente, excepto el cambio”.
Heráclito de Éfeso (540–480 a. C.)

1. El cambio como ley universal

La historia de la humanidad no es una simple sucesión de acontecimientos ni una acumulación de fechas, guerras o gobiernos. Bajo la aparente diversidad de los hechos existe una constante que atraviesa todos los tiempos y todas las civilizaciones: el cambio.

Todo cambia. Cambian los hombres, las sociedades, las formas de organización política, las economías, las tecnologías, las creencias, las modalidades del poder y aun la manera en que cada generación comprende su propia existencia. Pretender inmovilizar la historia equivaldría a intentar detener el curso de un gran río. Puede retardarse su marcha por un instante, desviar parcialmente su cauce o contener transitoriamente sus aguas, pero jamás impedir su avance.

Sin embargo, no todos los cambios poseen igual significado. Muchos pertenecen al orden de la coyuntura: alternancias políticas, innovaciones técnicas, reformas institucionales o modificaciones económicas que, aunque importantes, no alteran la estructura profunda de una sociedad. Otros, en cambio, transforman simultáneamente la organización material, la cultura, la política, la economía, la guerra y la propia concepción del hombre. Son los grandes “cambios civilizatorios”.

La historia registra muy pocos momentos de esa magnitud. Constituyen verdaderos puntos de inflexión que separan una época de otra y obligan a redefinir las categorías con las que los hombres interpretan el mundo. No son simples períodos de cambio; son cambios de período histórico.

Nuestra generación vive precisamente una de esas excepcionales transiciones. No asistimos únicamente a una época de transformaciones aceleradas. Somos protagonistas de la transformación de una época. Comprender la naturaleza de este fenómeno constituye la condición indispensable para interpretar correctamente los acontecimientos políticos, económicos, culturales y estratégicos del siglo XXI. Éste es el punto de partida de la presente obra.

2. Los grandes “cambios civilizatorios”

Desde la aparición del Homo sapiens, la humanidad ha recorrido un largo itinerario jalonado por un reducido número de grandes revoluciones civilizatorias. Cada una de ellas modificó profundamente la forma de producir riqueza, de ejercer el poder, de hacer la guerra, de organizar la vida social y de comprender el lugar del hombre en el universo.

La revolución agrícola permitió abandonar el nomadismo y dio origen a las primeras ciudades, a la propiedad estable, al Estado y a las grandes civilizaciones de la Antigüedad. Durante milenios ese modelo constituyó el fundamento de la organización humana.

Mucho más tarde, la Revolución Industrial alteró nuevamente el curso de la historia. La máquina sustituyó progresivamente la fuerza física; la fábrica reemplazó al taller artesanal; el capital adquirió una centralidad desconocida hasta entonces. Surgieron nuevas clases sociales y aparecieron formas inéditas de organización económica, política y militar. El mundo moderno fue hijo de aquella transformación.

Hoy nos encontramos ante un proceso aún más profundo. La revolución científico-tecnológica ha desplazado el eje del poder desde la posesión de bienes materiales hacia la producción, organización y aplicación del conocimiento. La información circula instantáneamente, la innovación se convierte en el principal motor del desarrollo y la inteligencia -individual y colectiva- pasa a constituir el recurso estratégico por excelencia.

No se trata simplemente de una nueva tecnología ni de una fase más avanzada de la industrialización. Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva civilización, cuya materia prima fundamental ya no es la tierra, ni la energía, ni el capital, sino el conocimiento.

Por esa razón proponemos denominar esta nueva etapa histórica “Civilización del Conocimiento”. La expresión no responde a una preferencia terminológica. Describe un cambio estructural comparable, por su profundidad y por sus consecuencias, al que en su momento produjeron la agricultura y la Revolución Industrial. Comprender esta transición será la clave para interpretar los desafíos políticos, culturales, económicos y estratégicos del siglo XXI.

3. Civilización, cultura y trascendencia

Las palabras civilización y cultura suelen emplearse como sinónimos. Sin embargo, designan realidades distintas y distinguirlas resulta indispensable para comprender los grandes procesos históricos.

Una civilización constituye el modo en que una sociedad organiza su existencia material. Comprende las formas de producir riqueza, las tecnologías disponibles, las instituciones políticas, las modalidades de ejercicio del poder, la organización económica, los sistemas jurídicos, las capacidades militares y los instrumentos mediante los cuales una comunidad asegura su supervivencia y su desarrollo.

La cultura, en cambio, pertenece a un plano más profundo. Está integrada por el conjunto de valores, creencias, principios morales, símbolos, tradiciones y concepciones acerca del hombre, de la familia, de la autoridad, de la justicia y del sentido de la existencia que otorgan identidad a un pueblo. Mientras la civilización responde principalmente a la pregunta “cómo vivimos”, la cultura procura responder “para qué vivimos”.

Esta distinción permite comprender un hecho que la historia confirma reiteradamente: las civilizaciones pueden desaparecer; las culturas, en cambio poseen una capacidad de permanencia extraordinariamente mayor. Los imperios nacen, alcanzan su apogeo y finalmente declinan; sin embargo, muchas de las culturas que ellos albergaron continúan proyectándose sobre generaciones futuras.

La razón de esa permanencia reside en que las grandes culturas no nacen espontáneamente ni son producto exclusivo de decisiones políticas o económicas. Su origen suele encontrarse en una determinada concepción trascendente del hombre y del universo. Antes de expresarse en instituciones o en normas jurídicas, toda cultura se articula alrededor de una visión del bien y del mal, del deber, de la dignidad humana y del destino último de la persona. Esa cosmovisión ha encontrado, históricamente, su formulación más poderosa en las religiones.

No significa ello identificar cultura y religión, ni mucho menos sostener que toda organización política deba adoptar una confesión determinada. La experiencia histórica demuestra, por el contrario, que la diferenciación entre la esfera religiosa y la esfera política constituye uno de los grandes logros de la civilización occidental.

El Estado moderno puede y debe ser jurídicamente laico, garantizando la libertad de conciencia y la igualdad de todos los ciudadanos. Pero esa legítima autonomía del orden político no elimina el hecho histórico de que los valores sobre los cuales se edifican las culturas suelen tener un origen religioso. La Cristiandad tiene al respecto un mandato de Jesús: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Con frecuencia se confunden dos conceptos diferentes: laicidad y secularismo. La laicidad preserva la neutralidad institucional del Estado y protege la libertad religiosa; el secularismo, llevado a su extremo, pretende desvincular completamente la vida pública de toda referencia ética trascendente. Cuando ello ocurre la sociedad corre el riesgo de conservar las instituciones, mientras pierde los fundamentos morales que les dieron origen.

Las grandes culturas de la humanidad ofrecen numerosos ejemplos de esta continuidad histórica. El pueblo judío conservó durante casi dos milenios su identidad cultural, aun careciendo de Estado propio, de soberanía territorial y de poder militar. La fortaleza de su tradición religiosa permitió mantener viva una conciencia colectiva que sobrevivió a las diásporas, las persecuciones y el paso de los siglos.

Algo semejante ocurrió con Roma. El Imperio desapareció como estructura política, pero el derecho romano, la lengua latina, la organización institucional y, posteriormente la síntesis realizada por el cristianismo, continuaron modelando la cultura de Occidente. La civilización romana concluyó; buena parte de su legado cultural permaneció.

Japón ofrece otro ejemplo igualmente ilustrativo. A lo largo de los siglos incorporó tecnologías, instituciones y modelos económicos procedentes del exterior, sin renunciar a los elementos esenciales de su identidad cultural. La modernización transformó su civilización material; no alteró sustancialmente los fundamentos espirituales que otorgaban cohesión a la sociedad.

Estos ejemplos permiten extraer una enseñanza de particular importancia para nuestro tiempo. Los cambios civilizatorios pueden modificar profundamente las formas de producción, de gobierno o de organización social; pero sólo logran consolidarse cuando dialogan con las culturas existentes. Allí donde ese diálogo fracasa, las transformaciones generan desorientación, fracturas sociales y crisis de conducción.

Nos encontramos precisamente ante una transición de esa naturaleza. La “Civilización del Conocimiento” está modificando aceleradamente las bases materiales de la vida humana. Sin embargo, ninguna innovación tecnológica puede sustituir los valores, las convicciones y los principios que permiten orientar responsablemente el uso de ese nuevo poder. Cuanto mayor sea la capacidad científica de una sociedad, mayor será también su necesidad de fundamentos éticos.

En este punto adquiere singular relevancia el diálogo sostenido, a comienzos del siglo XXI, entre Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger. Procedentes de tradiciones intelectuales diferentes, ambos coincidieron en reconocer que ni la razón científica ni la fe religiosa bastan, por sí solas, para sostener una convivencia auténticamente humana. La democracia necesita instituciones eficaces, pero también ciudadanos formados en valores que ella misma no puede producir. La ciencia proporciona poder; la ética indica cómo emplearlo; la trascendencia recuerda que la dignidad del hombre no puede reducirse a su utilidad.

Tal vez éste sea uno de los mayores desafíos de la “Civilización del Conocimiento”. El progreso técnico ha multiplicado las capacidades del hombre como nunca antes en la historia. Pero el verdadero progreso de una civilización no se mide únicamente por el desarrollo de sus instrumentos, sino por la sabiduría con que decide utilizarlos. Allí donde el conocimiento se separa de la ética, la inteligencia pierde orientación. Allí donde la técnica prescinde de la verdad sobre el hombre, el progreso material puede convertirse en una nueva forma de decadencia.

4. EL DESAFÍO DE LA CONDUCCIÓN EN LOS TIEMPOS DEL “CAMBIO CIVILIZATORIO”

Toda transición civilizatoria produce incertidumbre. Las instituciones que organizaron la etapa anterior dejan de responder con eficacia a las nuevas realidades, mientras las formas emergentes aún no han alcanzado suficiente madurez. En ese intervalo la sociedad experimenta una inevitable sensación de desorientación.

No se trata únicamente de una crisis política, económica o social. Es, ante todo, una crisis de conducción. La Historia demuestra que los grandes cambios nunca fueron gobernados por la inercia. Siempre requirieron conductores capaces de comprender el sentido profundo de la transformación que atravesaban sus pueblos. Quienes interpretaron correctamente el signo de los tiempos condujeron el cambio; quienes permanecieron aferrados a categorías superadas fueron inexorablemente superados por los acontecimientos.

La conducción constituye, por ello, una actividad esencialmente intelectual y moral antes que administrativa. Administrar supone conservar un orden existente; conducir implica orientar a una comunidad hacia un orden nuevo. Esta diferencia resulta decisiva durante los cambios civilizatorios.

Los problemas cotidianos reclaman decisiones tácticas. Las organizaciones requieren planificación operacional. Pero solamente la conducción estratégica es capaz de interpretar el largo plazo, identificar las tendencias profundas y armonizar los medios presentes con los objetivos permanentes de una Nación.

Cuando estos tres niveles -estratégico, operacional y táctico- dejan de articularse, la política y la acción pierden dirección. Los gobiernos reaccionan frente a los acontecimientos, pero dejan de anticiparlos; administran urgencias, aunque renuncian al futuro.

Precisamente ése parece ser uno de los rasgos dominantes de numerosas democracias contemporáneas. La velocidad de la información, la presión electoral permanente, la fragmentación de las opiniones públicas y la influencia creciente de los medios digitales empujan a muchos dirigentes hacia el corto plazo. La política se transforma en administración de coyunturas, mientras los procesos históricos continúan avanzando con independencia de los calendarios electorales.

La “Civilización del Conocimiento” incrementa todavía más esta dificultad. Nunca la humanidad dispuso de tanta información y, paradójicamente, nunca resultó tan complejo transformarla en conocimiento útil, en sabiduría política y en decisiones prudentes. Información no es conocimiento. Conocimiento no es inteligencia. E inteligencia tampoco equivale necesariamente a sabiduría.

La verdadera conducción exige integrar esas dimensiones con una sólida formación histórica, geopolítica, ética y cultural. Sin valores permanentes, el conocimiento puede convertirse simplemente en una herramienta de poder; sin conocimiento, los valores terminan reducidos a buenas intenciones, incapaces de orientar la realidad.

Aquí reaparece una enseñanza constante de la Historia: las grandes civilizaciones prosperaron cuando consiguieron equilibrar el progreso material con principios morales compartidos, expresados en su cultura. Comenzaron su decadencia cuando rompieron ese equilibrio.

Por ello, el conductor del siglo XXI no puede limitarse a dominar tecnologías, estadísticas o herramientas de gestión. Debe comprender la naturaleza del cambio civilizatorio que vive, conocer las raíces culturales de su propia sociedad y poseer la capacidad de proyectar el porvenir sin perder de vista los principios permanentes que sostienen la dignidad de la persona humana.

Este libro nace precisamente de esa preocupación. No pretende ofrecer recetas políticas ni soluciones circunstanciales. Aspira, más modestamente, a proporcionar un marco conceptual que permita interpretar el tiempo histórico que vivimos, comprender las causas profundas de la crisis contemporánea y reflexionar acerca de las responsabilidades que corresponden a quienes deberán conducir la Argentina durante las próximas décadas.

Porque los cambios civilizatorios son inevitables y, precisamente por ello, la “batalla cultural” nunca cesa. Ambas realidades pueden ser comprendidas. Y sólo aquello que se comprende puede conducirse con libertad, prudencia y responsabilidad.

Como síntesis de estos principios, se propone el siguiente Decálogo del Conductor Estratégico del Siglo XXI, cuyo desarrollo y comentario serán retomados en el Epílogo de esta obra.

DECÁLOGO DEL CONDUCTOR ESTRATÉGICO DEL SIGLO XXI

I. El conductor sirve antes de mandar. La conducción no constituye un privilegio personal, sino una responsabilidad asumida en beneficio de la comunidad.

II. Ninguna decisión estratégica puede apartarse de los valores permanentes. La eficacia sin principios conduce al poder; nunca al bien común.

III. El conductor distingue lo permanente de lo circunstancial. Las coyunturas cambian; los intereses permanentes de la Nación permanecen.

IV. La estrategia precede a la administración. Administrar correctamente un rumbo equivocado sólo acelera el fracaso.

V. El conocimiento debe transformarse en juicio. La abundancia de información jamás reemplazará la capacidad de comprender, discernir y decidir.

VI. Toda conducción exige prever antes que reaccionar. Quien vive pendiente de la urgencia, pierde la libertad de construir el futuro.

VII. La autoridad nace del ejemplo. El mando impuesto puede obtener obediencia; sólo el ejemplo conquista confianza y adhesión.

VIII. Ninguna sociedad supera la calidad de sus dirigentes. La formación de conductores constituye una tarea permanente de toda Nación que aspire a perdurar.

IX. La “unidad” constituye una construcción moral antes que política.
No existe proyecto nacional posible cuando desaparecen los valores compartidos que sostienen la convivencia.

X. El conductor debe preparar a quienes lo sucederán. La mayor obra de un conductor no es prolongar su poder, sino asegurar la continuidad de la misión mediante nuevas generaciones mejor preparadas que la propia.

La Historia recuerda a los grandes conductores no por el poder que ejercieron, sino por las instituciones que fortalecieron, los valores que defendieron y el futuro que hicieron posible para sus pueblos. La conducción auténtica no consiste en dominar el presente. Consiste en preparar el porvenir.

El General José de San Martín constituye para los argentinos la expresión más acabada de esa concepción de la conducción. Ejerció el poder como un deber, subordinó siempre su destino personal al bien común y supo retirarse cuando entendió cumplida su misión. En ello reside, quizá, la más alta lección que puede legarnos un conductor.

CAPÍTULO II

EL HOMBRE ANTE EL "CAMBIO CIVILIZATORIO"

Un “Emperador” analfabeto

En 1959 conocí a un anciano que no sabía leer ni escribir. Sin embargo, poseía una sabiduría que pocas veces he vuelto a encontrar. Aquel encuentro modificó para siempre mi manera de comprender al hombre y, muchos años después, me permitió descubrir una de las diferencias más profundas entre conocimiento y sabiduría.

Comandaba una patrulla compuesta por un baqueano y un fotógrafo. Al sexto día de marcha, siguiendo una senda de guanacos y completamente deshidratados, encontramos dos construcciones rústicas, una veintena de perros, una pirca que encerraba unas dos mil ovejas y, frente al sol que descendía detrás del volcán Maipo, sobre la frontera con Chile, a aquel anciano.

Me abrazó largamente. Hacía seis meses que no veía a otro ser humano. En menos de dos horas restableció nuestra salud, corrigió la ubicación de nuestras carpas y, cuando nos despedíamos para descansar, le pregunté por qué no vivía en Mendoza, al cuidado de su familia. Sonrió con serenidad y respondió:

“Soy el emperador de sesenta y seis mil hectáreas. Mi familia está aquí. Mi mujer descansa enterrada junto a la casa de invierno, en el otro extremo del valle. ¿Quién cuidaría de mis ovejas, de mis perros y de mis caballos?”

Cuando entré en mi bolsa de dormir resonaba todavía en mis oídos de estudiante de Ciencias Políticas, aquella palabra: emperador. Pensé en el "gran político" de Raymond Aron, en la figura del estadista y comprendí que no había conocido a un hombre común. Decidí permanecer junto a él tres días más, tres jornadas que aún hoy permanecen imborrables en mi memoria. Allí aprendí enseñanzas que, con el tiempo, se convertirían en uno de los ejes de mi pensamiento político-estratégico.

Hasta entonces, como tantos jóvenes oficiales de mi generación, suponía que la educación y la cultura constituían el camino natural hacia una comprensión superior de la realidad. Era una convicción razonable. El estudio amplía el horizonte intelectual, disciplina el pensamiento y proporciona los instrumentos necesarios para interpretar el mundo.

Pero aquel anciano, privado de toda educación formal, derrumbó silenciosamente esa certeza. No citaba autores. No conocía teorías. Ignoraba las grandes corrientes filosóficas. Sin embargo, comprendía a los hombres con una profundidad que difícilmente he vuelto a encontrar. Su juicio era sereno; sus observaciones, precisas; sus consejos nacían de una larga experiencia de vida y de una prudencia poco común.

Con el paso de los meses comprendí que aquel hombre no era un ignorante. Era, simplemente, un sabio. Tiempo después presenté en la Facultad de Ciencias Políticas una tesis dedicada precisamente a distinguir tres realidades que con frecuencia se confunden: el hombre instruido, el hombre culto y el hombre sabio.

El hombre instruido acumula conocimientos. Aprende técnicas, incorpora información y domina disciplinas específicas. La instrucción constituye un bien indispensable, porque sin ella resulta imposible desenvolverse en una sociedad compleja. Es el fundamento sobre el cual se edifican las competencias profesionales y científicas que exige toda civilización desarrollada.

El hombre culto va más allá. No sólo conoce; relaciona los conocimientos, comprende los procesos históricos, aprecia las manifestaciones del espíritu humano y desarrolla una visión más amplia de la realidad. La cultura ensancha la inteligencia, enriquece el juicio y permite descubrir las conexiones profundas que vinculan los hechos aparentemente aislados.

Pero la sabiduría pertenece a otro orden. No consiste en saber más, sino en comprender mejor. Nace cuando el conocimiento se encuentra con la experiencia; cuando la inteligencia se deja orientar por los principios; cuando la reflexión domina al impulso y la prudencia gobierna las decisiones.

La sabiduría no reemplaza al conocimiento: lo ordena. No desprecia la ciencia: le confiere sentido. No rechaza la técnica: la subordina al bien del hombre.

Esa lección, aprendida de un anciano analfabeto, fue adquiriendo para mí un significado cada vez más profundo con el transcurso de los años. Comprendí que la verdadera conducción -sea política, militar o social- no depende exclusivamente de la acumulación de conocimientos, sino de la capacidad de discernir, de juzgar con prudencia y de actuar conforme a principios permanentes.

Por ello, cada vez que las circunstancias me obligaron a adoptar decisiones trascendentes, regresó a mi memoria la figura de aquel anciano de la cordillera. Sin haber leído un solo libro, me había enseñado una verdad que ninguna universidad puede transmitir por sí sola: el conocimiento amplía el horizonte de la inteligencia; la sabiduría orienta el rumbo de la vida.

Aquella lección, recibida de un anciano analfabeto en un remoto valle de la cordillera, adquirió para mí un significado cada vez más profundo a medida que transcurrieron los años. La humanidad ha ingresado en una civilización que produce más información que ninguna otra en la historia. Cada día genera nuevos conocimientos científicos, innovaciones tecnológicas y capacidades de procesamiento que habrían parecido inimaginables apenas unas décadas atrás. Nunca el hombre supo tanto acerca del universo, de la materia, de la vida o de las comunicaciones.

Sin embargo, ese extraordinario crecimiento del conocimiento no ha sido acompañado, necesariamente, por un desarrollo equivalente de la sabiduría. Disponemos de medios cada vez más poderosos para actuar, pero no siempre de criterios más sólidos para decidir. Multiplicamos la información, mientras con frecuencia se debilita el discernimiento. Aumentamos la velocidad de nuestras respuestas, pero disminuye el tiempo dedicado a comprender las consecuencias de nuestros actos.

He aquí una de las grandes paradojas del “Cambio Civilizatorio”. “La Civilización del Conocimiento ha puesto en manos del hombre un poder sin precedentes. Pero ese poder exige, al mismo tiempo, una responsabilidad moral e intelectual igualmente inédita. La cuestión decisiva ya no consiste solamente en preguntarnos qué somos capaces de hacer, sino qué debemos hacer, para qué y con qué finalidad. En ese punto reaparece, con renovada claridad, la figura de aquel anciano de 1959. Sin haber leído un solo libro, me enseñó una verdad que hoy considero esencial: la inteligencia ilumina el camino; sólo la sabiduría señala la dirección.

Mientras regresaba hacia San Rafael, al paso lento de mi mula, procuré resumir la clave de la extraordinaria personalidad de aquel "anciano emperador". Comprendí que poseía una profunda espiritualidad, de la cual nacía una sólida idea de pertenencia. Sabía para qué existía; tenía una misión de vida, objetivos claros y de largo plazo. Comprendía plenamente la circunstancia en la que vivía y, precisamente por comprenderla, era capaz de dominarla.

En los capítulos precedentes hemos procurado comprender la naturaleza del cambio de civilización que caracteriza a nuestra época. Corresponde ahora examinar cómo esa transformación modifica al hombre, altera su escala de valores, desafía su capacidad de discernimiento y exige una nueva concepción de la conducción.

Porque toda civilización constituye, en última instancia, el reflejo de los hombres que la edifican. Ninguna sociedad podrá conducir con acierto su destino si confunde la acumulación de conocimientos con la verdadera sabiduría.

En el Avant Dire planteamos el gran interrogante del libro.

En el Capítulo I demostramos que vivimos un verdadero cambio de civilización.

En el Capítulo II respondimos a una pregunta aún más profunda: ¿qué clase de hombre necesita esa nueva civilización?

En el Capítulo III, nuestra reflexión se dirige sobre el hombre y hacia las exigencias de la conducción estratégica en el tiempo del “Cambio Civilizatorio”.

 

 

 


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